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Opinión
Joan Estruch: “Se puede ser buen católico sin seguir las normas de la Iglesia”

2005-12-01

Estruch ofreció en el Centre Cultural de la Fundació ”la Caixa” una charla del ciclo Pensament Contemporani con un título muy cinematográfico: El poder i el temple.
- ¿Hay mucho poder en los templos religiosos?
- Debido a las connotaciones negativas que le damos al término poder, podría interpretarse del título de la conferencia que soy crítico con las organizaciones religiosas. Pero el poder en sí mismo no es ni bueno ni malo, sino que depende del uso que se haga de él. Lo que es indudable es que los grupos religiosos tienen poder y que, por tanto, hay que analizar cómo lo ejercen, sobre todo en el mundo globalizado de hoy día.
- Vamos al grano. ¿Cómo ejercen los grupos religiosos su poder?
- Es difícil entrar en detalle sobre este tema porque cada tradición religiosa es distinta.
- Hablemos pues, sin entrar en detalle, sobre las religiones orientales.
- Lo esencial en las religiones orientales es la figura del líder, del gurú, que tiene un grupo de seguidores que en muchas ocasiones desaparece cuando desaparece el maestro. Eso es absolutamente distinto de lo que ocurre en las religiones monoteístas, donde la desaparición de los seguidores se asume con un fracaso. Así, en el judaísmo, después de la desaparición de la institución sacerdotal, lo que quedaron son los rabinos, que lo único que hacen es explicar las normas que han de regir la vida de los judíos.
- ¿Y el islam?
- En el islam hay que diferenciar entre los sunitas, donde el imán es quien dirige las plegarias en la mezquita, y los chiítas, donde el imán tiene mucho más poder porque es el único intérprete de los textos sagrados.
- ¿Y el cristianismo?
- Se trata, según mi criterio, de la religión más compleja desde el punto de vista del poder porque es la única que ha generado una institución religiosa específica. En el islam y en el judaísmo, religión y vida social se mezclan, mientras que en el cristianismo se ha separado y eso ha creado una administración, un aparato de poder e incluso una burocracia muy compleja.
- ¿Si se pudiera pesar o medir el poder, dónde habría más, en una mezquita o en una iglesia?
- Hoy día, en nuestra sociedad se ha producido un proceso de secularización, una separación radical entre la sociedad civil y la religiosa. Eso hace que, en el caso del cristianismo, la autoridad religiosa llegue allá hasta donde sus fieles estén dispuestos a llegar. En cambio, en el islam, el poder religioso es más fuerte, pero no porque esta religión sea más autoritaria, sino porque la mayoría de las sociedades musulmanas no han ido tan lejos en el proceso de modernización y de secularización. Hay que recordar que hace relativamente poco el poder de la Iglesia católica era muy superior al que pudiera tener la autoridad religiosa islámica. Sin embargo, la evolución social ha hecho que los fieles católicos puedan ser críticos y no sumisos. La voluntariedad de la fe religiosa ha trasformado profundamente la forma de ejercer la autoridad.
- Entonces, ¿a más progreso y modernidad, menos autoridad religiosa?
- Lo que ocurre, de alguna forma, es que la autoridad religiosa en las sociedades modernas no afecta a todos los ámbitos del individuo. Es decir, que la autoridad religiosa sólo lo es en temas religiosos. Pondré un ejemplo claro: ¿cuántas personas de nuestro país que se consideran católicas siguen las normas oficiales de la iglesia en cuanto a la vida familiar y sexual? Hoy día se puede ser buen católico sin hacer caso de todas las normas que dicta la Iglesia. Y eso ocurre porque se produce una separación cada vez mayor entre lo que es estrictamente religioso y lo que no lo es.
- Sin embargo, vemos cómo cada vez la iglesia católica adquiere más protagonismo público, hasta el punto de salir a la calle para manifestarse por cuestiones sociales o educativas. ¿Eso quiere decir que la Iglesia católica quiere reconquistar su autoridad perdida?
- Como consecuencia del largo proceso de transición política, en el Estado español aún quedan residuos del pasado y, por tanto, existe una cierta resistencia a separar la sociedad civil y la religiosa. Estos vestigios del pasado hacen que, en algunos terrenos, la Iglesia católica conserve privilegios a los que no está dispuesta a renunciar. En temas concretos como, por ejemplo, la financiación de la Iglesia y la enseñanza de religión en las escuelas, la iglesia se ampara en los acuerdos históricos entre el estado español y la Santa Sede, que no hacen otra cosa que darles privilegios que se explican por razones históricas. Por eso, los católicos que se manifiestan en la calle quieren perpetuar esta situación.
- ¿Nuestra sociedad se dirige hacia el laicismo o hacia la espiritualidad?
- Yo diría que nos dirigimos hacia las dos cosas y que eso no es contradictorio. Desde un punto de vista de la población, recuerdo que hace unos años se preveía el fin de las religiones, pero después se ha podido constatar que existe una resurrección de muchas formas religiosas: desde los fundamentalismos, hasta las nuevas formas de magia, de adivinación, de espiritualidad. Por el contrario, desde el punto de vista de las administraciones, de los gobiernos, sí que se tiende hacia la laicidad, aunque sin ser hostiles hacia las religiones. Creo, en definitiva, que las administraciones deben ser neutrales y respetuosas con la diversidad religiosa. Eso, de hecho, es lo que debe ser la laicidad.
- Seguramente, usted sabe que en Lleida hay una cierta polémica sobre la ubicación de la nueva mezquita. ¿A qué se debe el rechazo que producen las mezquitas?
- Yo creo que vamos hacia una normalización de estas situaciones y a una aceptación natural de la presencia de grupos religiosos distintos en nuestro país. En cuanto a las mezquitas, en Catalunya se contabilizaban unos 140 oratorios musulmanes y la inmensa mayoría nunca han provocado ni problemas ni polémicas. El rechazo a las mezquitas, por tanto, es fruto de la ignorancia y el recelo no es tanto contra el musulmán o el evangelista sino que se trata de una desconfianza hacia aquel que es diferente a nosotros, sobre todo si es más pobre que nosotros y vive en situación muy precaria. Por tanto, lo que genera miedo no es la religión del otro, sino su miseria. Pese a todo, creo que en Catalunya la aceptación de los musulmanes y la falta de conflictos son la nota dominante. Y, ciertamente, así debe seguir en el futuro.
- Los templos católicos se han convertido en una especie de salas de actos, ¿no cree?
- Efectivamente, muchas cosas han cambiado en el mundo católico. Una de ellas es que el precepto mantenido durante siglos de acudir a misa los domingos, hoy día es una norma que no se cumple. Hay muchos católicos que no van casi nunca a misa y eso hace que las iglesias hayan quedado semidesiertas. Por el contrario, la iglesia mantiene la hegemonía en la celebración de las grandes fiestas del nacimiento, del matrimonio y de la muerte.
- ¿No tiene la sensación de que la Iglesia católica ha perdido los papeles al defender cuestiones en las que nadie cree y que a casi nadie convencen?
- Desde el punto de vista de la Iglesia, hay que decir que los cambios producidos en la sociedad en los últimos 30 ó 40 años son tan fuertes, tan radicales, que difícilmente la institución se puede adaptar con rapidez. Por eso, han surgido una serie de temas que chirrían. La gente de una cierta edad de Lleida seguramente puede entenderlo si recuerda la diferencia que hay entre la época del obispo Aurelio del Pino y la del actual monseñor Ciuraneta. Sin embargo, estoy de acuerdo en a la iglesia le cuesta demasiado responder a las necesidades de la gente en ciertos temas.
- ¿Podría decirse que el nuevo opio del pueblo es la televisión?
- Creo que hay muchos nuevos opios del pueblo y la televisión puede ser uno, pero hay más: la discoteca, el consumo de drogas e incluso el fútbol, en el sentido de que son actividades que adormecen, que desmovilizan y que convierten a la gente en pasiva. De todas formas, se trata de un opio dependiendo del uso que se haga de ello. Lo gravísimo sería que alguien nos obligara, por ejemplo, a ver telebasura, pero no debemos olvidar que cada uno puede ver lo que quiera en la televisión. Lo que quiero decir es que es más peligrosa la situación de antaño, cuando sólo había una cadena televisiva. Ahora, se puede elegir y, en última instancia, siempre podemos apagar la tele.
- ¿La falta de vocaciones es el principal problema de la Iglesia católica?
- Desde la concepción clásica de lo que significa el sacerdocio, efectivamente la falta de vocaciones es un gran problema.
- ¿Eso tiene solución?
- Al respecto siempre explico la anécdota de los cuatro jóvenes que llevan una gorra al revés, como se llevan hoy día, y uno le dice a los otros: “Estas gorras están muy bien diseñadas, pero es extraño que nadie haya pensado en ponerles una visera para protegernos del sol”. Con eso quiero decir que, a veces, las soluciones a los problemas están más cerca que lo que uno, a veces, piensa.


Diego Aránega

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